¿Buena o mala suerte? ¿Quién sabe?

Un viejo maestro zen contaba esta parábola: 

Un campesino perdió su caballo.
Los vecinos dijeron:
—¡Qué mala suerte!
El campesino respondió:
—¿Mala suerte? ¿Quién sabe? 

 Días después el caballo regresó trayendo consigo a varios caballos salvajes.
Los vecinos exclamaron:
—¡Qué buena suerte!
El campesino contestó: —¿Buena suerte? ¿Quién sabe? 

 Más tarde, el hijo del campesino, al domar un caballo, cayó y se rompió una pierna.
Los vecinos:
—¡Qué mala suerte!
El campesino: —¿Mala suerte? ¿Quién sabe? 

 Tiempo después estalló una guerra y todos los jóvenes fueron reclutados, menos el hijo, por estar herido.
—¡Qué buena suerte! —decían.
El campesino solo sonrió:
—¿Buena suerte? ¿Quién sabe? 


Toda noche trae su día y todo día atrae la oscuridad. Sabiendo eso el hombre sabio no se alegra con la dicha ni se ve perturbado por la desgracia.

Dos monjes y una mujer. Cómo soltar las emociones perturbadoras

Erase una vez, dos monjes zen que caminaban por el bosque de regreso a su monasterio.
En su camino debían de cruzar un río, en el que se encontraron llorando una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo.

– ¿Qué sucede? – le preguntó el monje más anciano.

– Señor, mi madre se muere. Está sola en su casa, al otro lado del río y no puedo cruzar. Lo he intentado – siguió la mujer – pero me arrastra la corriente y nunca podré llegar al otro lado sin ayuda. Ya pensaba que no volvería a verla con vida, pero aparecisteis vosotros y  podéis ayudarme a cruzar…

– Ojalá pudiéramos ayudarte – se lamentó el más joven. Pero el único modo posible sería cargarte sobre nuestros hombros a través del río y nuestros votos de castidad nos prohíben todo contacto con el sexo opuesto. Lo lamento, créame.

– Yo también lo siento - dijo la mujer llorando desconsolada.

El monje más viejo se puso de rodillas, y dijo a la mujer: – Sube.

La mujer no podía creerlo, pero inmediatamente cogió su hatillo de ropa y montó sobre los hombros del monje. Monje y mujer cruzaron el río con bastante dificultad, seguido por el monje joven. Al llegar a la otra orilla, la mujer descendió y se acercó con la intención de besar las manos del anciano monje en señal de agradecimiento.

– Está bien, está bien- dijo el anciano retirando las manos. Por favor, sigue tu camino.

La mujer se inclinó con humildad y gratitud, tomó sus ropas y se apresuró por el camino del pueblo. Los monjes, sin decir palabra, continuaron su marcha al monasterio… aún tenían por delante diez horas de camino.
El monje joven estaba furioso. No dijo nada pero hervía por dentro. Un monje zen no debía tocar una mujer y el anciano no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros.

Al llegar al monasterio, mientras entraban, el monje joven se giró hacia el otro y le dijo:

– Tendré que decírselo al maestro. Tendré que informar acerca de lo sucedido. Está prohibido.

– ¿De qué estás hablando? ¿Qué está prohibido? -dijo el anciano

– ¿Ya te has olvidado? Llevaste a esa hermosa mujer sobre tus hombros – dijo aún más enojado.

El viejo monje se rió y luego le respondió: 

– Es cierto, yo la llevé. Pero la dejé en la orilla del río, muchas leguas atrás. Sin embargo, parece que tú todavía estás cargando con ella…


Cómo soltar las emociones perturbadoras

Los sentimientos negativos del joven monje, su ira y su enfado, permanecen mucho tiempo después del acontecimiento que lo ha enojado. Es incapaz de soltar su emoción destructiva y la culpa lo consuma.
El viejo maestro en cambio, vive el presente. Ha dejado atrás la mujer, su acción y es libre de carga emocional.

Son muchas las personas que viven como el joven monje, aferrándose a un pasado doloroso que son incapaces de soltar. El pasado se ha ido pero en el interior de estas personas siguen la pena y el lamento. Están atrapados en un incesante "runtuntun", viviendo una y otra vez la emoción negativa, alimentandola cada vez más. No pueden vivir en el momento presente como personas libres.

Imagina esto: alguien te hace un feo y tu reacciona enojandote. Empiezas a pensar en esta persona y en lo que te ha hecho, enojandote aún más. Llamas a una amiga para contárselo, luego te llama tu madre y también se lo cuenta, "me ha hecho esto", "ha dicho tal cosa sobre mi", "que cara dura tiene", etc. etc. Estás deseando que tu pareja vuelva a casa para ponerla al día del feo que te han hecho, y sigues hablando ininterruptamente del "por qué", "por como", "no sé qué y no sé cuánto". Vas a dormir con el enojo en la cabeza donde sigues dándole vuelta y vuelta. Por supuesto vas a dormir fatal y te despiertas aún peor. 

Has perdido un día entero corriendo detrás de esta emoción negativa, descuidando todo y todos porque tu cuerpo estaba allí pero tu mente estaba todo el rato con aquel alguien que te había hecho el feo. ¿Para qué?

No dejes que tu mente fabrique películas infinitas y deja de sufrir en tu imaginación. Vuelve al presente, libérate de tus pensamientos, reconéctate a tu respiración, inspira-expira, estás aquí.

A través de la respiración consciente puedes devolver la mente al ahora y darte cuenta que el dolor, la ira, el resentimiento, son imágenes ilusorias creada por tus pensamientos. En el presente estás a salvo porque sabes que los acontecimientos creados por estos engaños de la mente son ilusorios. 

Si practicas las meditación, la respiración consciente y la atención plena, serás capaz de observar y reconocer que estos fantasmas mentales no son reales y podrás liberarte de ellos y de la prisión a la que te tienen anclado.

El momento presente es lo único que tienes, haz del ahora el centro fundamental de tu vida y vivirás libre de sufrimiento. 

---

Para profundizar más, puede que te interese también:

Puedes ser feliz sólo cuando vives en el aquí y ahora

Respiración consciente

 Qué significa meditar

El anillo del rey

 Una vez, un rey de un país muy lejano reunió a los sabios de su corte y les dijo:

– «He mandado hacer un precioso anillo con un diamante a uno de los mejores orfebres de la zona. Quiero poner, oculto dentro del anillo, algunas palabras que puedan ayudarme en los momentos difíciles. Un mensaje que me pueda inspirar en momentos de desesperación total. Me gustaría que ese mensaje ayude en el futuro a mis herederos y a todas las personas del reino. Tiene que ser pequeño, para que se pueda grabar debajo del diamante de mi anillo».

Todos aquellos que escucharon los deseos del rey, eran grandes sabios, eruditos… pero ¿pensar un mensaje que contuviera dos o tres palabras y que cupiera debajo de un diamante de un anillo? Muy difícil. Igualmente pensaron, buscaron y buscaron, sin encontrar nada en que ajustara a los deseos del rey.

El rey tenía, un sirviente muy querido, que había sido sirviente de su padre, y había cuidado de él cuando su madre había muerto, tenía la sabiduría de la vida y gozaba del respeto de todos.

El rey, le consultó. Y éste le dijo:

– “No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje”

– “¿Y cómo lo sabes?”- preguntó el rey

– “Durante mi vida en palacio, estuve al servicio de un invitado de tu padre, un maestro. Cuando se despidió, como gesto de agradecimiento me dio este mensaje”.

En ese momento el anciano escribió en un papel el mencionado mensaje. Lo dobló y se lo entregó al rey.

– “Pero no lo leas», dijo. «Mantenlo guardado en el anillo. Ábrelo sólo cuando no encuentres  en una situación en la que no veas la salida”.

Ese momento no tardó en llegar, el país fue invadido y su reino se vio amenazado.

Estaba huyendo a caballo para salvar su vida, mientras sus enemigos lo perseguían. Estaba solo, y los perseguidores eran fuertes y numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa al borde de un precipicio. Y entonces se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró el siguiente mensaje:

“Esto también pasará”.

Mientras leía la frase, dejó de oír el trote de los caballos. Los enemigos que lo perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino. Pero lo cierto había un inmenso silencio Tras aquel sobresalto, el rey logró reunir a su ejército y reconquistar el reino.

En la ciudad hubo una gran celebración con música y baile…y el rey se sentía muy orgulloso de su victoria y de sí mismo.

En ese momento, nuevamente el anciano estaba a su lado y le dijo:

– “Apreciado rey, ha llegado el momento de que leas nuevamente el mensaje del anillo”

– “¿Qué quieres decir?”, preguntó el rey. “Ahora estoy viviendo una situación de euforia y alegría, las personas celebran mi retorno, hemos vencido al enemigo”.

– “Escucha”, dijo el anciano. “Este mensaje no es solamente para situaciones desesperadas, también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando te sientes derrotado, también lo es para cuando te sientas victorioso No es sólo para cuando eres el último, sino también para cuando eres el primero”.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje…

“Esto también pasará”.

Y, nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba. Pero el orgullo, el ego había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Lo malo era tan transitorio como lo bueno.

Entonces el anciano le dijo:

– “Recuerda que todo pasa. Ningún acontecimiento ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche; hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.”


El Buscador y El Cementerio de la Felicidad

Si pudieras sumar en minutos, días, meses y años todos los momentos felices que has tenido en tu vida, ¿cuál sería el total?

¿Un mes, un año, dos años? Difícil a que sí?

Aún más difícil porque nosotros humanos solemos quedarnos más en la memoria de las desgracias y de los sufrimientos que en los gozos, casi como si fuera pecado glorificar los momentos felices.

Somos bichos raros.

Bueno, se da el caso que después de haber leído este cuento de Jorge Bucay he intentado sumar (de forma aproximativa) todo lo que he disfrutado hasta ahora y afortunadamente salgo bastante bien con el total.

Pero la verdadera reflexión que he sacado de este cuento es que pasamos demasiado tiempo de nuestra vida preocupados por problemas fútiles y superficiales, malgastando el tiempo en intentar resolverlos y perdiendo minutos, horas, días y años en vano.

¿Qué tal disfrutar más de lo que tenemos cada instante?

Celebrar la vida, agradecer cada minuto, amar, sonreír y confiar en el orden del Universo que diseña a la perfección nuestro camino.

Ahora disfruta de este cuento de Jorge Bucay así puedes añadir algunos minutos más de felicidad a tu vida.


«El buscador» de Jorge Bucay

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador…

Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra.

Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando, es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. El había aprendido a hacer caso riguroso a estas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así dejó todo y partió.

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó mucho la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras; la rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada.

… Una portezuela de bronce invitaba a entrar.

De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.

El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles.

Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor.

Sus ojos eran los de un buscador, y quizás por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción:

Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días.

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar.

Mirando a su alrededor el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla, decía:

Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas.

El buscador se sintió terriblemente conmocionado.

Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba.

Una por una, empezó a leer las lápidas.

Todas tenían inscripciones similares, un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.

Pero lo que lo conectó con el espanto, fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los 11 años…

Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio, pasaba por ahí y se acercó.

Lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

– No, ningún familiar – dijo el buscador – ¿qué pasa con este pueblo?, ¿qué cosa tan terrible hay en esta ciudad?. ¿por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?, ¿cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que los ha obligado a construir un cementerio de chicos?.

El anciano se sonrió y dijo:

– Puede Ud. serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré…

Cuando un joven cumple 15 años sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí, colgado al cuello.

Y es tradición entre nosotros que a partir de allí,, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anota en ella:

a la izquierda, qué fue lo disfrutado…

a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?, ¿una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media? …

Y después … la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿el minuto y medio del beso?, ¿dos días?, ¿una semana? …

  • ¿Y el embarazo o el nacimiento de su primer hijo … ?
  • ¿Y el casamiento de los amigos … ?
  • ¿Y el viaje más deseado … ?
  • ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano … ?
  • ¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones?…. ¿horas?, ¿días? …

Así vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos…. cada momento.

Cuando alguien muere, es nuestra costumbre, abrir su libreta y sumar el tiempo de los disfrutado, para escribirlo sobre su tumba, porque ESE es, para nosotros, el único y verdadero tiempo VIVIDO .


Recibe nuevos posts

Surffulness